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El pásado 12 de abril (2012) defendí mi trabajo de investigación sobre antropología (metafísica) de Xavier Zubiri. Como todo estudio iniciático, la visión que se puede dar sobre cualquier filósofo de cierta profundidad es siempre incompleta. Se puede mostrar, por lo tanto, sólo una parte de todo un complejo sistema filosófico, pero cualquier puerta es buena si da pie a un nuevo viaje de enriquecimiento personal. Quiero, por ello, dejar aquí constancia de la introducción a mi trabajo y compartirla con aquel que quiera conocer, aunque sólo sea una sombra, a un autor algo olvidado, pero de una gran riqueza intelectual: Xavier Zubiri.

Mi primer contacto directo con la filosofía de Xavier Zubiri vino a raíz de la preparación de un pequeño trabajo que debía realizar sobre alguna de las antropologías del siglo XX. Más llevado por la intuición que por la razón, el autor que escogí fue Zubiri. Era para mí un autor totalmente desconocido y, además, aparentemente difícil, por lo que pude deducir de hojear alguno de sus libros. Como tantos otros que siguieron en su día a Zubiri, incluso sin entender lo que el filósofo decía, me pareció que estaba ante un pensador que hacía auténtica filosofía.

En la lectura que realicé de Sobre el hombre, fueron varios los asuntos que llamaron mi atención, pero, particularmente, la noción zubiriana de psique se me presentaba algo confusa, especialmente cuando afirmaba que en la célula germinal ya había un sistema psicofísico con un «cuerpo-de» una psique y una «psique-de» un cuerpo. También captaron mi atención dos notas a pie de página de la edición de Sobre el hombre que eran la transcripción de las preguntas que Zubiri escribió en los márgenes de su borrador de «Génesis de la realidad humana» y que reflejaban sus dudas respecto a la constitución psico-física de la célula germinal.

Este estudio nace de un intento por esclarecer, por un lado, el problema de la psique en la célula germinal, o como prefería llamarlo Zubiri, «plasma germinal» y, por otro, las dudas que él mismo tuvo al respecto. No obstante, a lo largo del recorrido por su filosofía, prácticamente se han añadido, antes que menguado, los problemas y preguntas en torno a la noción de psique.

En parte, este aumento se puede deber a cierta ambigüedad en el uso de términos como «psique» y «psiquismo». Mientras que para Zubiri el psiquismo humano provenía del psiquismo sensitivo animal evolucionado, la psique humana no. De entrada, el propio término de «psique» ya produce, pues, por su similitud a «psiquismo», cierta confusión. Por otro lado, en varias ocasiones, encontramos textos, incluso tardíos, en los que afirmaba que la psique podría llamarse «alma» si esta noción no estuviese cargada de un sentido dualista, entendiéndose habitualmente como una sustancia inmaterial en el cuerpo.

La función de la psique, no obstante, parecía muy clara: instalar al ser humano en la realidad. Esto se conseguía gracias a la actualización de la realidad en la inteligencia sentiente y porque la sustantividad humana era formalmente una realidad, algo que intramundanamente sólo acontecería radicalmente en el ser humano. El problema, que Zubiri intentó abordar en varias ocasiones, fue explicar qué era esta psique y cómo se originaba. Fueron los intentos por responder a estas cuestiones los que ya no resultaban tan claros. Las soluciones variaron con el tiempo.

Sin embargo, como si estos problemas no fuesen por sí solos suficientes para iniciar un trabajo de estudio y reflexión filosófica, había que añadir todavía otra dificultad más. Cuatro meses antes de morir, Zubiri cambió de parecer respecto al momento constitutivo de la sustantividad humana. A principios de 1983, consideraba que la célula germinal humana era ya una unidad psico-física. Aproximadamente a partir de la primavera, opinaba que la sustantividad humana se constituía como tal unidad psico-física en un momento indeterminable de un proceso embrionario de hominización. Obviamente, se abría ante este cambio la cuestión sobre sus consecuencias dentro de la metafísica zubiriana y, especialmente, en la génesis humana.

¿Qué entendía Zubiri por sustantividad? Se opuso con este término a la idea clásica de sustancia. Una cosa no era una sustancia, esto es, un sujeto soporte de unas propiedades.[1] En cambio, la sustantividad era una unidad estructurada formada por notas con clausura cíclica y suficiencia constitucional: «es el sistema clausurado y total de notas constitucionales».[2] Para él, las cosas no eran sustancias o uniones de sustancias diversas, no eran sujetos que sostenían unas notas, sino que eran estructuras sistemáticas de notas:

 

Es verdad que todas las realidades que conocemos por experiencia son, en algún modo, sujetos; pero esto no significa que la subjetualidad sea su radical carácter estructural. Precisamente, para elaborar una teoría de la realidad que no identifique sin más realidad y subjetualidad, es por lo que he introducido una distinción terminológica: a la estructura radical de toda realidad, aunque envuelva ésta un momento de subjetualidad, he llamado sustantividad, a diferencia de la sustancialidad, propia tan sólo de la realidad en cuanto subjetual. La sustantividad expresa la plenitud de autonomía entitativa. La prioridad de rango en orden a la realidad en cuanto tal no está en la sustancialidad sino en la sustantividad.[3]

 

A medida que iba avanzando en el estudio de la antropología de Xavier Zubiri se iban haciendo cada vez más patentes algunas inexactitudes del planteamiento inicial. Zubiri no escribió una Antropología. El estudio sobre el ser humano debía inscribirse en el marco del análisis de la realidad en cuanto tal. La realidad era, para Zubiri, dinamismo, un «dar de sí». La realidad humana era una forma de realidad. Y fue la realidad la que dio de sí en progresión ascendente, a través de distintas configuraciones esencialmente «cerradas», la «esencia abierta» propia y exclusiva del ser humano. La evolución no sería, desde su filosofía, de tipo exclusivamente biológico, sino que las diversas modificaciones y novedades en las características de los seres vivos conllevarían, a la par, una evolución en los modos de ser de su realidad. Sería, por lo tanto, un problema principalmente metafísico. La sustantividad humana, conservando su animalidad evolucionada, se elevaría y se abriría a su propia realidad y a la realidad del mundo.

Dicho lo anterior, para facilitar la narración, me referiré en muchas ocasiones a la «antropología» de Xavier Zubiri, aunque se debe entender en los términos metafísicos que acabo de explicar.

El problema de «Génesis de la realidad humana», escrito aproximadamente entre 1982 y 1983, fue el de explicar cómo los seres vivos («esencias cerradas») pudieron «dar de sí» una esencia abierta. Ya lo había hecho en Estructura dinámica de la realidad de 1968, pero en los ochenta Zubiri ya no tenía la misma concepción de psique. Por alguna razón, el filósofo no admitía que las esencias se «abrieran» al Todo de la realidad si no era el mismo Todo el que las hacía salir de su enclasamiento.

La publicación de Inteligencia sentiente en 1980 generó un giro interpretativo de la filosofía de Zubiri. Lo dicho sobre la realidad en tanto que realidad, incluida la realidad humana, provenía del análisis de la realidad en la aprehensión. Con ello no significa que Zubiri fuera antes un realista «ingenuo» y ahora un fenomenólogo que describía objetos o correlatos de conciencia. Zubiri no fue ni una cosa ni la otra. Se podría afirmar que lo que buscaba era romper la frontera entre la esfera de la conciencia y el de la realidad. Dos esferas aparentemente separadas e irreconciliables de la tradición filosófica. Para Zubiri, la realidad es formalmente un «de suyo» y lo es tanto en la realidad en aprehensión como en la realidad allende la aprehensión. Sólo el ser humano, gracias a su «Inteligencia» —entendida como actualización intelectiva de lo real—, aprehende la realidad de las cosas y la suya propia en tanto que realidad. Según él, «inteligir es mera actualidad impresiva de lo real, mera actualidad de lo real en la inteligencia sentiente».[4] Es en esta experiencia originaria de la realidad donde probablemente se apoya todo su sistema filosófico.

Según Zubiri, las cosas se nos actualizan en la aprehensión como constelaciones de notas que pertenecen «de suyo» a la realidad de la cual son sistema. Así son las cosas en la aprehensión humana. ¿Cuál es el origen de este modo humano de estar y aprehender la realidad en tanto que realidad? Las cosas en la aprehensión tienen modos diversos de estar siendo. Los modos más complejos se fundarían en unos modos más simples anteriores a aquéllos. Zubiri explicó, desde una perspectiva metafísica, cómo los distintos dinamismos de la realidad habían llegado hasta el dinamismo propio de la realidad humana, el dinamismo de la «suidad», como realidad que es «de suyo» suya. Zubiri dio un enfoque metafísico a la teoría de la evolución. La realidad en evolución no sólo había integrado nuevos aspectos biológicos o nuevas complejidades a los seres vivos, sino que estos aspectos habían dado nuevas formas de realidad. Unas cosas serían por ello más reales que otras. No significa esto que unas cosas existan más que otras, pero, para Zubiri, un chimpancé sería, en este sentido, más real que una ameba. Esa gradación en las formas de realidad sería cuantificable, por ejemplo, por su autonomía respecto al medio. En el ser humano esta autonomía se convertiría en independencia. Su distanciamiento sería tal que su modo de estar en el mundo sólo tendría viabilidad haciéndose cargo de la realidad en tanto que realidad. La persona tendría, por razón de su apertura y por no tener unas respuestas estipuladas respecto a unos estímulos, que construir y hacerse cargo de su propia vida.

Ahora bien, la noción de psique sufrió trasformaciones importantes en los últimos cuarenta años. En los ochenta, Zubiri afirmaba que la psique era el conjunto de las notas psíquicas de la sustantividad humana. El motivo por el que escribió el texto de «Génesis de la realidad humana» (1983) fue la petición realizada por algunos amigos y discípulos que veían que sus explicaciones anteriores ya no eran válidas.

En este trabajo trato de exponer y analizar el problema de la antropogénesis en «Génesis de la realidad humana». Como punto de partida, había tomado algo tan pequeño como la sustantividad humana de la célula germinal. No obstante, a medida que avanzaba en el análisis del problema, éste se fue abriendo hacia una cuestión más global, para terminar, finalmente, abarcando el problema del Todo y de su dinamismo estructural.

Tuve claro desde un principio que no quería tratar el problema de la sustantividad humana de la célula germinal como un problema ético. Obviamente, hay quien pueda sacar conclusiones al respecto, pero en ningún momento ha sido objeto de este trabajo. Mi principal interés ha sido entender qué era la psique y cómo se originaba en el proceso embrionario. Zubiri hablaba de unidad psico-física a nivel celular y esta posición me resultaba bastante problemática. Esclarecer este asunto fue el origen del presente estudio.”


[1] Cf. Xavier Zubiri, Sobre la esencia, Madrid: Alianza 22008 (1985), p.87.

[2] Ibíd., 187.

[3] Ibíd., 87.

[4] Xavier Zubiri, Inteligencia sentiente/Inteligencia y realidad, Madrid: Alianza 51998 (1980), p. 285.

 

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El Gran Despilfarro


El Gran Diseño

La afirmación de que el origen del universo se puede explicar sin la necesidad de un Dios generó hace unos meses cierta polémica. Acostumbrados como estamos a que en los medios de comunicación se dé cierto bombo a aspectos controvertidos de un tema, uno espera que un libro como “El Gran Diseño” de Stephen Hawking/Leonard Mlodinow, de donde procede dicha polémica, aporte mucho más que eso. La expectativa es enorme. Hawking y Mlodinow se disponen a responder a la pregunta planteada por Leibniz y repetida después por Heidegger: ¿Por que hay ser y no más bien nada?

El libro comienza con una crítica a la filosofía y su inutilidad. En parte, estoy deacuerdo con él (me referiré sólo a Hawking para facilitar la redacción de este artículo). La filosofía parece haberse alejado de los últimos conocimientos de la ciencia y se ha quedado en el mundo platónico de las ideas y discusiones eternas. Pero esto no es así por una razón doble: primero, porque sí hay filósofos que están al día en estos temas (simplemente nombraré a Xavier Zubiri quien tuvo contacto directo con los grandes físicos del s. XX. Sólo como anécdota, apuntaré que Zubiri en alguna ocasión invitó a comer a un Albert Einstein hambriento que deambulaba ante las puertas de algún restaurante en espera de un alma caritativa que le pagara el almuerzo); en segundo lugar, porque la filosofía sigue siendo necesaria para desenmascarar las trampas que abundan en libros pseudocientíficos como el de Hawking.

Los lectores aficionados a los libros de divulgación científica encontrarán en este libro una exposición que seguramente reconocerán. Las primeras 180 páginas del libro se concentran en hacer un recorrido de las diversas teorías del siglo XX que cambiaron nuestra concepción del universo, tanto en lo más pequeño como en lo más grande: teorias de la relatividad, teorías cuánticas, los distintos tipos de fuerza, supercuerdas… Esta exposición es, a mi gusto, buena, excepto por las constantes pinceladas de humor sin gracia que intentan animar una lectura de por sí fascinante. Obviando todos los chistes malos de sus páginas, es un buen libro de divulgación recomendable para aquellos que todavía viven en un mundo de concepción newtoniana.

En el último capítulo, que da título al libro entero, de apenas 13 páginas, está la gran explicación esperada: la aparición espontánea y ex nihilo de la materia del universo. Una gran declaración de intenciones con poco fundamento y que está, además, a la espera de una teoría que no está ni terminada.

La realidad, según Hawking, depende del modelo teórico que explica el mundo que recibimos experimentalmente. Dicho sintéticamente, el modelo es la realidad. Como la realidad es una percepción y conceptualización de nuestra mente, el modelo que mejor explique el universo será lo que mejor describa la realidad misma. Esa teoria SERÁ la teoría M. A mí me parece que el profesor Hawking sigue anclado en una especie de idealismo científico. Tiene todo mi respeto como físico, pero creo que ha entrado y ha querido polemizar con terrenos para él poco conocidos.

Hawking explica cómo surge la materia del universo sin Dios. Lógicamente no la expondré aquí. Ya que sería citar lo único “novedoso” de este libro. Un misterio tan absoluto como la existencia resuelto en un único párrafo.

La impresión que me queda es que he sido víctima de una gran campaña de marketing y que he comprado un libro que no aporta absolutamente nada, a parte de una gran decepción y que me ha supuesto a mí, y a los que se sientan como yo, un gran despilfarro de dinero y tiempo.

La pregunta por lo real


Hace unos blogs atrás expuse la dificultad de la pregunta por el sentido. Ahora se me plantea otra cuestión: ¿tan alejados estamos de lo real que nuestras representaciones no tienen relación alguna con lo representado? Desde un punto de vista evolutivo, me pregunto en qué clase de naturaleza extravagante se desarrollarían unos seres ajenos a su entorno, con unas representaciones mentales que distorsionaran totalmente lo real o, al extremo, sin conexión alguna con éste.
Según mi parecer, el cerebro crea un mundo virtual que intenta reproducir fielmente el entorno o, al menos el entorno útil para la vida, lo que se conoce como el medio. Que el cerebro reconstruye, repara, prioriza datos de lo real es demostrado.

Lo real interactúa con el cerebro que también es real, nada metafísico, por decirlo de algún modo. Las influencias externas, el entorno, reestructuran al cerebro y el cerebro reestructura lo real. Hay quien pondrá el acento en el sujeto y quien lo pondrá en el objeto, pero dicha acentuación ya crea una distinción que, esta sí, es una distinción irreal. Lo real es la persona y también su entorno. La ruptura entre sujeto y objeto, de observador y mundo, es un problema de una mal comprensión de la perspectiva.

Este es un tema que no desarrollaré extensamente aquí, ya que todavía es incipiente, pero va entorno a la excesiva importancia que se le otorga al yo, a un sujeto que no deja de ser una perspectiva dentro de un organismo muy complejo. Nos centramos en esta perspectiva y nos olvidamos de la inmersión de lo real (el hombre) en lo real, como afirmó recientemente el Dr. Alejandro LLano en la presentación del libro Metafísica tras el final de la metafísica. Esta perspectiva no tiene una vivencia material (¿cómo es una vivencia material?) aunque en realidad lo sea. De ahí la ruptura. Las reflexiones que me sugiere este tema se mueven entre la física y la lírica. ¿El vacío de la materia, ese vacío inmenso en el espacio del átomo, es el mismo vacío inmaterial que sentimos y que se suele llamar el alma? De ahí una dificultad que añadir cuando Zubiri explica qué es la psique, cuando afirma que ésta se sitúa en el cuerpo, pero que no está en un lugar concreto ya que es la misma estructura del cuerpo la que es psíquica, un subsistema, dice él.

Por otro lado, es cierto que los modelos científicos son creaciones explicativas de lo real, pero, ¿son sólo creaciones mentales o algo hay en la realidad que necesita y puede ser explicado? No sabemos hasta que punto esos modelos son más o menos acertados, ¿o sí lo sabemos? Si podemos decir que un modelo es erróneo no es porque otro sea más bello, sino porque explica mejor la realidad. Pero si, aunque explique mejor la realidad, podemos afirmar que aun así no es verdadero, es porque realmente admitimos que no se ajusta a lo real. Si fuera sólo una invención mental, no habría problema en admitirlas. La realidad clama ser explicada. Qué bella es esa imagen de la naturaleza que se observa a sí misma a través del hombre.

El pensamiento clásico de rechazo a los sentidos, pensamiento que dura hasta a la modernidad, porque los sentidos nos engaña, no es razón para darles la espalda en la búsqueda de la verdad (a lo mejor el error está en pensar que la verdad es eterna), porque si nos damos cuenta de supuesto engaño es gracias a los mismos sentidos y no a la soledad de la razón que reflexiona silogísticamente. Esta fe ciega (nunca mejor dicho)en la razón es la semilla posmoderna. Ahora los sentidos nos siguen engañando, pero también la razón. No es de extrañar que la filosofía se esté muriendo si hasta nosotros mismos hemos perdido la fe en nuestras posibilidades. Conocedores de las trampas de la razón, algunos quieren limitar el papel del filósofo, quizás desde Wittgenstein, al de policía que descubre las falsedades del pensamiento, en desenmascaradores de impostores.

Mi Dios


Ramas y Cielo - fotografía de Daniel Lorenzo Martínez

Imaginemos que no existe el universo; que no existe absolutamente nada. Pero no. Imaginemos que en esta nada hay un pequeño punto, una partícula de cualquier cosa, una casi nada de algo, pero que está ahí. Indiscutiblemente. No existe nada más que esa partícula vagando por ningún sitio, salvo el que ella misma ocupa. Esa pequeña y casi nada concentra toda la exitencia de lo que es y puede ser. ¿Qué hace allí? ¿Por qué existe? Los interrogantes que me surgirían ante esa partícula hipotética son los mismos que me surgen ante el universo. Me da igual lo que opine Stephen Hawking. Estos interrogantes están en el limbo de la religiosidad. Respeto lo religioso por este fondo, pero no lo que se hace en nombre de este misterio. ¡No tiene nada que ver!

Sigo opinando que la imagen que nos llega de la religión católica (hablo de ella por ser la más cercana) es básicamente moralista. Se han apoderado del gobierno de los quehaceres humanos, de lo que se debe y no se debe hacer; son los amos del bien y del mal.

Si yo fuera creente…

mi Dios no sería humano; no tendría compasión, pero tampoco odio; no amaría, pero tampoco castigaría; no me diría, ni a mí ni a mis congéneres, lo que debo hacer. Mi Dios no me daría libertad, ni tampoco me marcaría un destino. Pero si fuera algo, ¿qué sería?

Sería la explicación de esa partícula de la que antes hablaba y de todo lo que existe. Me diría sin decirme que las cosas son por algo. Podría apoyar al fin mi mente cansada, me sostendría cuando mis piernas flaquearan. Sería el Dios que me recordaría sin recordarme lo divino de mi existencia, de la oportunidad única qué es la vida y de lo milagrosa e incomprensible que es.

Este, mi Dios, me dejaría ser; no me pondría límites, no más de los que ya poseo y de los que puedo transgredir. Me explicaría sin explicármelo que mi razón es muy limitada y que no puedo por ello ni entenderle a Él ni entender el mundo; en realidad me indicaría sin indicármelo que mi comprensión es solamente humana y que no puedo ir ni mucho ni poco más allá. Me hablaría sin hablarme sobre mis creencias y como éstas surgen de su propia limitación y como necesidad de sostén ante una vida difícil o incomprensible. Ese Dios, mi Dios, me diría sin decirlo que Él es el ser y la nada, que está y no está; que lo tengo a mi disposición, pero que si no lo necesito, que no me preocupe porque ni siquiera Él es consciente de mí, ya que la consciencia es humana y mi Dios no.

Un Dios, pues, inconsciente, irracional, sin sentimientos, sin libertad, sin…, en definitiva: sin nada humano. Es por ello que mi Dios no tiene necesidad de nada, no necesita pues que yo crea en Él. Ese es pues mi Dios, el Dios en el que no creo.


La calma de la tierra es un simple momento. Nada es para siempre y no tenemos ni idea de la magnitud de la catástrofe que está latente bajo nuestros pies… o puede que nada pase…, que todo siga igual… Aunque nunca ha sido así en la historia de la tierra que da muestra de extinciones a nivel global y peor aún, el inevitable futuro final de nuestro sol, aunque, ¡¡qué lejos está todo eso!! ¡¡Y qué!, diría siempre alguien.

Mientras tanto, aquí estamos nosotros, deambulando entre los más grande y lo más pequeño. Nos aferramos a lo conocido, a lo domesticado, a lo vulgar y superficial; como lo es, en el fondo, todo negro sobre blanco, toda obra de arte y toda estrella ardiendo en el espacio. No perdemos nada, porque no hay nada que ganar. Las metas son hormigueros en el desierto. Los preocupaciones son alfileres en el agua. Los hijos son migas de pan al viento (ilusos somos si creemos poder luego seguir el camino trazado). Un día todo será borrado.

Dejadme que os cite un texto de Nietzsche que expresa esto mismo y que a mí me pareció, la primera vez que lo leí, simplemente brutal y exacto: “En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto.” (comienzo de Sobre verdad y mentira en sentido extramoral).

No obstante, no podemos, como Nietzsche, salirnos de nosotros mismos y observar la historia de la humanidad más allá del tiempo. La luna tiene otra cara y en ella se nos muestra la maravilla de la vida, la grandeza del amor, la intensidad de una mirada, la caricia de un dedo, la sonrisa de un amigo, la fuerza de la música, de los pensamientos, de las ficciones,… ¿Cómo separar y abstraerse de está duplicidad? Nuestra valoración está en juego, porque soy yo el que pongo el acento en lo que quiero. ¿Es más verdad el que yo defienda la parte escéptica de la existencia? ¿O puedo, con la misma intensidad, afirmar lo que antes caracterizaba como “vulgar y superficial”?

Sras. y Sres., yo elijo lo vulgar y lo superficial, el sentirme emocionado, el asombrarme ante todo hecho. Quiero reírme de la seriedad y os pido que os riais de mí. Porque la risa os hará libres. La vida tiene esa mezcla tan romántica entre la intensidad y la fugacidad… Y dejadme que me ponga algo poético, porque como arena de oro veo la vida caer entre mis manos; tan fina, que no puedo sujetarla, tan preciosa que no sé ni mirarla, porque duele demasiado ver como se escapa.

Me viene ahora a la mente,el final de Alexis Zorba, de Nikos Kazantzakis (qué gran obra). Tras haberlo perdido todo, los protagonistas se ponen a bailar y a reír. ¡Qué final más dionisíaco! Yo mismo me puse a bailar.


La fe en la ciencia de los siglos pasados y la creencia de que podría resolver los problemas del hombre ha ido dejando paso a un escepticismo científico y religioso que se ha convertido en una nueva espiritualidad posmoderna. No se trata de una espiritualidad conjunta, de comunión (aunque sí es común el desamparo), sino dispersa, de búsqueda, de gurús, de autoayuda, de di-versión.

Desamparo espiritual

Desamparo espiritual

La realización personal


Viene un poquito a cuento con mi anterior entrada. La cuestión que ahora me planteo es por qué los hombres necesitamos realizarnos. Parece que lo humano está por hacerse. Este sentimiento continuo de insatisfacción personal, ¿tiene algún sentido biológico? ¿Los animales tienen está necesidad? A simple vista, parece que no; que sus estructuras vienen más o menos determinadas, y ningún animal quiere ser otra cosa de lo que ya es. ¿Pero la evolución no indica que en el fondo esto no es así? Como si en un nivel más profundo, algo empujara hacia una construcción novedosa de lo orgánico, como si esta insatisfacción ya estuviera de algún modo en la naturaleza, como si tuviera unos mecanismos que impidieran el estancamiento del conformismo. Haciendo algo de caso, pero no mucho, a las teorías de la evolución, el inconformismo vendría dado por una inadaptación que ha de ser resuelta. Es difícil hablar sin pensar en la naturaleza antropomórficamente, pero yo no quiero hacer eso, sino lo contrario, quiero hablar naturalmente del hombre. No deseo proyectar, como bien denunció Nietzsche, aspectos humanos a la naturaleza, pero sí ver que entre el hombre y lo natural no hay ninguna diferencia. Somos naturaleza y parte de lo que es ella se muestra plenamente en nosotros. No somos un orden azaroso surgido del caos. La inteligencia no es un azar

Un modo de desear no desear

Un modo de desear no desear

espontaneo de la naturaleza. Algo inteligente ya hay para que pueda surgir la inteligencia. Del caos solo sale caos. Nosotros somos materia, pero en la materia hay mucho más que electrones, partículas, etc. No mucho más en el sentido de añadido, sino mucho más en que algo se nos escapa y que no podemos observar desde el exterior. Pero nosotros somos materia viva, más aun, materia vivida. La vivencia es tan propia que no podemos capturarla en un laboratorio. Podemos decir si algo está vivo o no, pero la vivencia de ese ser vivo, sólo a él le pertenece. Debemos ir, pues, con cuidado porque de la vivencia de la naturaleza viva no sabemos absulatemente nada, excepto la nuestra propia.

Y todo esto para hablar de la realización personal. La realización  personal no es más que otro engaño. No es “nuestra”, no nos pertenece. Algún mecanismo oculto ha determinado que para nuestro cambio y “avance” sea necesaria la ilusión el sueño, el aspirar a algo. Ya decía bien el malhumorado Schopenhauer que tras la consecución del deseo, sólo hay tedio y más deseo. Por qué necesitamos aspirar a algo es un misterio. ¿Cambia en realidad algo cuando alguien se realiza o cuando no? Es una necesidad como lo es el comer. Estamos destinados a querer ser algo que no somos, a completar aquello que ya somos, … ¿Qué sentido tiene? Algún sentido tendrá, pero no es un sentido humano, o quizá nada de eso: un simple ensayo de la naturaleza, una mirada que se da a sí misma del mundo. ¿Qué podemos decir en realidad de todo esto?

Sé tú mismo


Un consejo muy utilizado, y que siempre queda muy bien, es “sé tú mismo”. ¿Pero qué quiere decir esto? A mí me deja perplejo, porque se supone que ya hay un “yo mismo”, un yo real, oculto bajo mi actuar cotidiano que sería mi “yo” ficticio, mi “yo” falso. Tras una educación de años, tras imposiciones morales, tras una configuración genética predeterminada, “arrojados” ya a un tipo de sociedad y a un mundo con una edad histórica y una tradición, cultura, lengua, …, en definitiva, determinados desde la más temprana edad por estructuraciones externas y nuestra propia disponibilidad interna, ¿quién es este “yo mismo”? Si yo hubiera nacido en otro espacio-tiempo, ¿quién sería ese “yo mismo”? Nos creemos a veces tan genuinos, tan nuevos, creemos que somos únicos en nuestros modos y formas, pero ha habido tantos millones de existencias tan parecidas a la nuestra que haría que nuestro “yo mismo” se pusiera a temblar. Quizás no estaríamos tan alejados de esa experiencia de las religiones en las que el ego se diluye en el todo. Nuestra tradición egoista cristiana hace de la indestructibilidad del cuerpo-alma, o, mejor dicho, de su resurrección, nuestro modo de vida individualista occidental (aunque no seamos cristianos). No hay un yo mismo. Es una falsedad como es la falsedad de muchas de nuestras sensaciones. Lo falso es muy real. La mentira existe ya en nuestra forma biológica. ¿Qué es el amor, sino una gran mentira de nuestro cuerpo para la perpetuación de la especie? Lo demás es glorificación de esta mentira vital. El ser yo mismo es la afinidad de un interior con un exterior, cuando uno hace lo que le llena y le consuela, cuando uno encuentra sentido en lo que hace, etc.; pero, en realidad, “eso” no es el yo: es algo mucho más profundo y que está más allá de todo el lenguaje. El “yo” real es mucho mayor que este estúpido ser yo mismo. El “yo” real está mucho más allá de nuestra comprensión, porque nuestra inteligencia surge de este yo profundo que no sabemos qué es. Ese yo profundo tiene muchos nombres: Atman-Brahma, Ser, Dios, Voluntad de poder, Nada,… Todo lo que surge de ahí, de esa verdad profunda sin nombre, se convierte en mentira sólo por ser dicha. Todos los estilos de vidas que surgen de este seguimiento a esta profundidad son mentiras sobre mentiras.  Son interpretaciones que quieren dominar a los demás.

¿Quién es este ser yo mismo? La mentira de mí mismo que más me gusta.

No intento ni es mi intención decir qué es mejor y qué es peor. No soy quien para juzgar el valor de la mentira…

Lo obvio


El objeto de la filosofía es lo obvio desnudado de su obviedad. Cuando esto sucede, el objeto se vuelve oscuro hasta desaparecer por completo. ¿Y si es cierto que las explicaciones del mundo son invenciones que no tienen nada que ver con la realidad? Me pregunto cómo algo tan cercano, tan obvio, se vuelve de pronto tan lejano y tan extraño. Qué extrañas sensaciones dan y, al mismo tiempo, que atractivas son las incertidumbres. Vivir en la incertidumbre, en la pregunta eterna, es  mi destino, aunque, como poseído por un extraño instinto de conservación, me resisto al silencio respetuoso del ignorante que ha comprendido y asumido su límite. ¿Cómo un alma que vive en la incertidumbre como la mía se puede acotar en la rotundidad de la afirmación académica? ¿Cómo el parloteo que se sabe ruido puede pretender decir algo? Lo obvio es inquietante cuando juega a enseñar su cuerpo tan magistralmente encubierto. Como una mosca que choca contra un cristal repetidas veces, continúo en el intento de decir algo y de comprender algo, olvidando cada vez que golpeo contra el cristal que no hay nada más allá. Puede que acabe engordando, con la pretensión de convertirme en un moscardón mayor que parezca dominar el vuelo, pero el cristal intraspasable seguirá ahí, sin haberse movido ni un milímetro de su sitio, parando mis golpes, uno tras otro.

Relativismo moral en Zubiri


Alguno de vosotros me ha comentado la dificultad por entender algunas de mis reflexiones. He añadido un extracto para los que tengan prisa o  para los que no estén familiarizados con la filosofía. Intentaré ser claro.

Resumen: El filósofo vasco Xavier Zubiri explicó la moral de un modo relativista. Cada hombre tiene su propia moral según su propia idea de lo que ha de ser un hombre. La realidad, el mundo, que vemos cada uno de nosotros se ilumina de forma distinta desde nosotros mismos. Hay cosas que nos aparecen como buenas y otras como malas (y esto no es igual para todos, e incluso varía a lo largo de la vida de la misma persona). Y entre las cosas buenas, unas resaltan más que las otras: los deberes. Somos cada uno de nosotros los que, sin saberlo, colocamos estos deberes en el mundo. Si seguimos estos deberes en teoría nos autorrealizaremos. Y yo me pregunto: ¿por qué esto no se cumple muchas de las veces en la práctica? ¿Por qué no somos lo que nos gustaría ser y nos sentimos desdichados?, ¿por qué elegimos una vida “equivocada”? o, siguiendo la filosofía de Zubiri, ¿por qué escogemos una vida maleficiosa (contraria a lo beneficioso)? Respuesta: El miedo.

Reflexión: Me sorprendió muchísimo en mi lectura de Sobre el hombre de Xavier Zubiri (libro póstumo reelaborado por Ignacio Ellacuría) el relativismo tan radical de la moral.  Sorprendido, sabiendo que Zubiri había sido cura hasta que su encuentro con Carmen Castro en una conferencia le cambió el camino. En este libro no propone una ética, sino que describe la moral como una dimensión estructural humana. Todo hombre es constitutivamente moral. Contado brevemente, el hombre ante la realidad y en la realidad, ésta no le aparece  de un modo uniforme, sino que hay realidades que le son favorables a su autorrealización y a su idea de hombre, y otras realidades que le son perjudiciales. Zubiri engloba la realidad en su totalidad como el Bien. Creo sinceramente que el nombre usado es equívoco, porque parece afirmar la realidad como un Bien absoluto con ausencia de Mal y podría ser herencia de su formación en una filosofía (o no filosofía) cristiana. Estrictamente hablando, el mundo en su totalidad sería, no bueno, sino el Bien. Pero, viendo que en Zubiri el hombre, de algún modo se apropia, incluso físicamente, de la realidad, este Bien o los bienes del mundo serían considerados, según mi parecer, como ganancias o posesiones. Habría que ver qué significa o cómo se entiende la apropiación de un bien cuando nos recibimos a los bienes “espirituales”. Es cierto que las experiencias personales, aunque no nos apropiamos de nada físicamente (al menos como se suele entender lo físico comúnmente, como cosas materiales), sí afirmamos que nos cambian. Por ejemplo, una educación determinada realmente nos modifica físicamente, estructuralmente. Así pues, las cosas que elegimos, los caminos que escogemos en nuestra autorrealización nos acercan o nos alejan de la idea de hombre que tiene cada uno de nosotros, que no tiene porque ser una idea conscientemente elegida, ni siquiera una idea consciente. Es una idea mudable y temporal. Zubiri habla aquí de Felicidad. No es una felicidad fuera de uno, sino que es la fundamentación desde donde proyectaremos a la realidad su carácter de benéfico o maléfico. El mal pues, como tal, aquí no se afirma, sino que es relativizado desde la idea de hombre o la idea de la felicidad que es íntimamente individual.

Es asombroso el acierto, creo yo, del concepto del deber. Las realidades que nos aparecen como beneficiosas, dice Zubiri, hay unas que resaltan más que otras: los deberes. Inicialmente, somos nosotros mismos que formalizamos ciertas realidades como deberes. Son realidades señaladas de una forma más marcada que otras para conseguir mi autorrealización. Habría que preguntarse porqué muchos hombres y mujeres escogemos a veces lo contrario o no escogemos los deberes que nos aparecen para autorrealizarnos. A muchos nos gustaría ser aquéllo o lo otro, pero a veces nos quedamos quietos, o lo vemos difícil y no damos ni un solo paso para conseguir nuestros proyectos como hombres. Diría yo que el miedo al fracaso, la inquietud de la inseguridad, etc. se deberían incluir en la moral zubiriana, porque a veces da la sensación de que Zubiri afirma que los hombres y mujeres somos seres que nos autorrealizamos siempre porque nuestras elecciones vienen iluminadas por nosotros mismos con la fuerza del deber. Quizás sí que nos autorrealizamos siempre en el sentido de que somos lo que escogemos y lo que nos apropiamos, pero no siempre coinciden con la idea del hombre y la felicidad de cada uno.