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Filosofía y ciencia

Actualmente solemos asociar la filosofía con las letras o con las humanidades. Craso error; cuando la filosofía ha sido la madre de la ciencia actual o, al menos, ha estado asociada a ella a lo largo de la historia occidental.  Acordémonos sólo de la Academia de Platón y la prohibición de entrar en ella si no se conocía la geometría. ¿Qué sucede en la actualidad? Da la sensación que la filosofía se ha convertido en arqueología y la investigación filosófica en releer autores del pasado o a invocarlos en citas eruditas o de “autoayuda”. La  investigación no es algo que haya que obviar, y que es necesaria para una comprensión más profunda del pensamiento; pero no debería ser sólo eso, si no queremos que la filosofía se convierta en un autorreplegarse. Por este camino los filósofos estamos condenados a mantenernos al margen, a ir a la cola, a regocijarnos de nosotros mismos, en un elitismo narcisista, si no contamos con otros elementos que nos rodean. La reflexión filosófica debe nacer del límite del conocimiento, del límite del saber. El significado etimológico de la palabra filosofía debe cambiar de sentido, no debe dirigir su mirada a lo inalcanzable, a esa sabiduría siempre distante, que nunca se deja asir, a ese abismo de los que amamos la sabiduría pero no la poseemos, sino que debemos partir de un saber, aunque  límitado, y siempre con distancia, para avanzar a un conocimiento más profundo de la realidad.

Son increíbles algunas intuiciones nacidas desde la filosofía aunque luego han cogido desviaciones o conclusiones posiblemente erróneas, pero eso no quita el mérito de esa primera intuición. Pienso, por ejemplo, en la monadología de Leibniz y como resuena a las concepciones actuales sobre la materia. Una intuición de ese tipo podría dar un avance a una investigación científica. Ni qué decir del cálculo infinitesimal co-descubierto en el tiempo por él y Newton, o de su sistema binario utilizado en la actualidad por los ordenadores.

Es por ello necesario recuperar un conocimiento que ya por definición hoy en día nos ha sido vetado en una formación exclusivamente filosófica. Aquello de que las ciencias ven las partes y la filosofía el todo, es muy estético pero poco práctico, y acabamos sin entender el todo e ignorando las partes y nos convertimos en pregoneros del pasado. El filósofo no parte de la nada en su reflexión, no cierra los ojos al mundo y se cierra sólo en una razón. Incluso un Parménides parte de la realidad aunque sea para negar su aparente movilidad. Los datos son necesarios y los nuevos datos que aporta la investigación científica deben conocerse para no quedarse anquilosado en reflexiones anacrónicas. Lejos estoy de otorgar a la ciencia la posesión de la Verdad; no es eso lo que afirmo, sino, más bien, que la ciencia tiene unos límites que no puede traspasar o que puede necesitar ayuda para seguir avanzando. ¿Puede pretender la filosofía seguir siendo tal dándole la espalda a todo esto e ignorándolo? La filosofía también ha dado muchas veces la mano a la ciencia. La teoría de la falsación de Popper ha calado hondo y hoy los científicos la nombran como totalmente obvia. La filosofía y la ciencia deben recuperar su relación. Siempre me he sentido muy bien en un entorno literario, pero cuando giro la mirada hacia la biología, la física y las matemáticas siento que me falta algo, y algo importante.

huellas-de-particulas-subatomicasEs conocida la pregunta metafísica de Leibniz, reformulada después por Heidegger, de “¿por qué hay ente y no más bien nada?” Esta frase pensada en profundidad crea una especie de angustia abismal en el pensamiento. Te sumerge en esa excepcionalidad de la existencia. Podría no haber habido nunca nada y, sin embargo, estamos aquí rodeados de un mundo espectacular que obviamos en el quehacer diario y que nos aparece a los hombres metafísicamente sensibles. Pero recientemente me he planteado la cuestión al revés. ¿Y si realmente lo extraordinario hubiera sido el que no hubiera nada?

En la ciencia moderna, y a lo largo de la historia occidental, ha existido la concepción de que la totalidad se explicaría a partir de lo más elemental. Lo más pequeño explicaría lo más grande. No obstante, a pesar de buscar en lo más pequeño, en la investigación de las partículas subatómicas,  nos encontramos primero que no entendemos su comportamiento y sus fuerzas y mucho menos nos explican la totalidad del cosmos.

Recientemente leí unos capítulos del “Tao de la Física” de Fritjof Capra (ed. Sirio, Málaga: 2005) que me hicieron reflexionar sobre metafísica. Hay un momento (p.98) que habla de que, a nivel atómico, la materia no está en un lugar determinado sino que tiene una “tendencia a existir”. En este caso se refiere a la probabilidad de la materia de aparecer en cierto lugar de una onda, pero a mí me sugirió una tendencia a existir metafísico. Por otro lado, me hizo reflexionar sobre la indestructibilidad de la materia, al conocer los intentos de fraccionar las partículas subatómicas. Al dividirse tras una colisión, las nuevas partículas, que duraban una millonésima de segundo, se vuelven a desintegrar formando protones, neutrones y eléctrones. Da la sensación, y así parece confirmarse, que la materia-energia es indestructible, es decir, que es imposible la nada. No entro en consideraciones de si la nada es alguna cosa, un no-ser que se puede volver a negar, etc… Lo que quiero decir es que la existencia se presenta con una fuerza, una tendencia a existir (saco claramente la expresión del contexto original), que no tiene posibilidad alguna de desaparecer. No obstante, no se resuelve la pregunta por la existencia, pero sí cambia la perpectiva de la pregunta. ¿Por qué la realidad se me presenta con una fuerza tal que no puede terminar? ¿Por qué la existencia es necesaria? ¿Por qué hay necesariamente ente y no puede no haber nada?

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