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El Gran Diseño

La afirmación de que el origen del universo se puede explicar sin la necesidad de un Dios generó hace unos meses cierta polémica. Acostumbrados como estamos a que en los medios de comunicación se dé cierto bombo a aspectos controvertidos de un tema, uno espera que un libro como “El Gran Diseño” de Stephen Hawking/Leonard Mlodinow, de donde procede dicha polémica, aporte mucho más que eso. La expectativa es enorme. Hawking y Mlodinow se disponen a responder a la pregunta planteada por Leibniz y repetida después por Heidegger: ¿Por que hay ser y no más bien nada?

El libro comienza con una crítica a la filosofía y su inutilidad. En parte, estoy deacuerdo con él (me referiré sólo a Hawking para facilitar la redacción de este artículo). La filosofía parece haberse alejado de los últimos conocimientos de la ciencia y se ha quedado en el mundo platónico de las ideas y discusiones eternas. Pero esto no es así por una razón doble: primero, porque sí hay filósofos que están al día en estos temas (simplemente nombraré a Xavier Zubiri quien tuvo contacto directo con los grandes físicos del s. XX. Sólo como anécdota, apuntaré que Zubiri en alguna ocasión invitó a comer a un Albert Einstein hambriento que deambulaba ante las puertas de algún restaurante en espera de un alma caritativa que le pagara el almuerzo); en segundo lugar, porque la filosofía sigue siendo necesaria para desenmascarar las trampas que abundan en libros pseudocientíficos como el de Hawking.

Los lectores aficionados a los libros de divulgación científica encontrarán en este libro una exposición que seguramente reconocerán. Las primeras 180 páginas del libro se concentran en hacer un recorrido de las diversas teorías del siglo XX que cambiaron nuestra concepción del universo, tanto en lo más pequeño como en lo más grande: teorias de la relatividad, teorías cuánticas, los distintos tipos de fuerza, supercuerdas… Esta exposición es, a mi gusto, buena, excepto por las constantes pinceladas de humor sin gracia que intentan animar una lectura de por sí fascinante. Obviando todos los chistes malos de sus páginas, es un buen libro de divulgación recomendable para aquellos que todavía viven en un mundo de concepción newtoniana.

En el último capítulo, que da título al libro entero, de apenas 13 páginas, está la gran explicación esperada: la aparición espontánea y ex nihilo de la materia del universo. Una gran declaración de intenciones con poco fundamento y que está, además, a la espera de una teoría que no está ni terminada.

La realidad, según Hawking, depende del modelo teórico que explica el mundo que recibimos experimentalmente. Dicho sintéticamente, el modelo es la realidad. Como la realidad es una percepción y conceptualización de nuestra mente, el modelo que mejor explique el universo será lo que mejor describa la realidad misma. Esa teoria SERÁ la teoría M. A mí me parece que el profesor Hawking sigue anclado en una especie de idealismo científico. Tiene todo mi respeto como físico, pero creo que ha entrado y ha querido polemizar con terrenos para él poco conocidos.

Hawking explica cómo surge la materia del universo sin Dios. Lógicamente no la expondré aquí. Ya que sería citar lo único “novedoso” de este libro. Un misterio tan absoluto como la existencia resuelto en un único párrafo.

La impresión que me queda es que he sido víctima de una gran campaña de marketing y que he comprado un libro que no aporta absolutamente nada, a parte de una gran decepción y que me ha supuesto a mí, y a los que se sientan como yo, un gran despilfarro de dinero y tiempo.

Filosofía y ciencia

Actualmente solemos asociar la filosofía con las letras o con las humanidades. Craso error; cuando la filosofía ha sido la madre de la ciencia actual o, al menos, ha estado asociada a ella a lo largo de la historia occidental.  Acordémonos sólo de la Academia de Platón y la prohibición de entrar en ella si no se conocía la geometría. ¿Qué sucede en la actualidad? Da la sensación que la filosofía se ha convertido en arqueología y la investigación filosófica en releer autores del pasado o a invocarlos en citas eruditas o de “autoayuda”. La  investigación no es algo que haya que obviar, y que es necesaria para una comprensión más profunda del pensamiento; pero no debería ser sólo eso, si no queremos que la filosofía se convierta en un autorreplegarse. Por este camino los filósofos estamos condenados a mantenernos al margen, a ir a la cola, a regocijarnos de nosotros mismos, en un elitismo narcisista, si no contamos con otros elementos que nos rodean. La reflexión filosófica debe nacer del límite del conocimiento, del límite del saber. El significado etimológico de la palabra filosofía debe cambiar de sentido, no debe dirigir su mirada a lo inalcanzable, a esa sabiduría siempre distante, que nunca se deja asir, a ese abismo de los que amamos la sabiduría pero no la poseemos, sino que debemos partir de un saber, aunque  límitado, y siempre con distancia, para avanzar a un conocimiento más profundo de la realidad.

Son increíbles algunas intuiciones nacidas desde la filosofía aunque luego han cogido desviaciones o conclusiones posiblemente erróneas, pero eso no quita el mérito de esa primera intuición. Pienso, por ejemplo, en la monadología de Leibniz y como resuena a las concepciones actuales sobre la materia. Una intuición de ese tipo podría dar un avance a una investigación científica. Ni qué decir del cálculo infinitesimal co-descubierto en el tiempo por él y Newton, o de su sistema binario utilizado en la actualidad por los ordenadores.

Es por ello necesario recuperar un conocimiento que ya por definición hoy en día nos ha sido vetado en una formación exclusivamente filosófica. Aquello de que las ciencias ven las partes y la filosofía el todo, es muy estético pero poco práctico, y acabamos sin entender el todo e ignorando las partes y nos convertimos en pregoneros del pasado. El filósofo no parte de la nada en su reflexión, no cierra los ojos al mundo y se cierra sólo en una razón. Incluso un Parménides parte de la realidad aunque sea para negar su aparente movilidad. Los datos son necesarios y los nuevos datos que aporta la investigación científica deben conocerse para no quedarse anquilosado en reflexiones anacrónicas. Lejos estoy de otorgar a la ciencia la posesión de la Verdad; no es eso lo que afirmo, sino, más bien, que la ciencia tiene unos límites que no puede traspasar o que puede necesitar ayuda para seguir avanzando. ¿Puede pretender la filosofía seguir siendo tal dándole la espalda a todo esto e ignorándolo? La filosofía también ha dado muchas veces la mano a la ciencia. La teoría de la falsación de Popper ha calado hondo y hoy los científicos la nombran como totalmente obvia. La filosofía y la ciencia deben recuperar su relación. Siempre me he sentido muy bien en un entorno literario, pero cuando giro la mirada hacia la biología, la física y las matemáticas siento que me falta algo, y algo importante.

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