Cabe cuestionarse sobre si la pregunta por el sentido del hombre o, más allá, de la totalidad de lo existente es una pregunta oportuna. Hay quien defiende que el hombre tiene una finalidad (aquí sentido tiene ese significado); como individuo, como colectivo. Otros que no tiene ningún sentido o que el mismo hombre crea su sentido. La pregunta por el sentido nos toca de pleno a todos. ¿Cuándo surge la pregunta por el sentido? Me da la sensación que principalmente surge ante la admiración plena y ante lo absurdo (incluida la experiencia de la muerte ajena y la conciencia de la propia). Lo llamo absurdo para darle esta connotación negativa que tiene para nosotros la vivencia de situaciones que ponen en peligro nuestra concepción del mundo cotidiano y nos desestabilizan emocionalmente. La admiración por la naturaleza, de las distintas formas de vida, crea un preguntar optimista del sentido. La admiración da un significado positivo a nuestro desconocimiento. En cambio, el absurdo crea respuestas pesimistas y nihilistas. El sentido oscila entre la afirmación del mundo y su negación. Algunas personas nos movemos en este abanico que muchas veces las circunstancias de la biografía determinan, pero en los últimos años he centrado la mirada en la positividad. Todo sea dicho: fue mi adolescencia y juventud temprana un caminar ante el absurdo. A veces mi espíritu romántico añora aquella actitud; era otra forma profunda de sentirse vivo. Pero, ¿de dónde surge la pregunta por el sentido? De nuestra estructura mental. La forma que tenemos de enfrentarnos al mundo se caracteriza por la utilidad y la finalidad (a pesar de que mucha parte de nuestro tiempo lo gastamos en cosas inútiles y sin finalidad). Sólo es necesario que ahora mismo mires a tu alrededor y verás que estás rodeado de cosas útiles y plenas de sentido para ti. ¿Pero que ocurre cuando este mismo hábito del sentido se generaliza a la totalidad del mundo y a nuestras vidas? Le aplicamos el mismo patrón y, claro, algo no cuadra, porque es un sentido humano. Como un ojo que no podrá nunca verse a sí mismo, el hombre quiere encontrar un sentido de sí, pero sólo ve un reflejo irreal creado por su intelecto. Los resultados de este descuadre los conocemos todos y son innumerables: variedad de ofertas espirituales, necesidad de pertenecer a grupos de personas, el reconocimiento, la autorralización… ¿Podemos no hacerlo? Incluso no hacer nada sería tomar una actitud frente a una concepción del sentido. Decir que nada tiene sentido, es darle respuesta a una pregunta que tiene un esquema mental humano y no necesariamente real.
Alejandro Jodorowsky tiene una frase que da bastante en el clavo. Él dice: la vida tiene sentido, pero no sabemos cuál es. Yo la precisaría aun más: la vida tiene sentido, pero no es un sentido humano y, por tanto, incognoscible. Por lo que podríamos decir también y querríamos decir lo mismo: la vida no tiene sentido.
Mi tentación me lleva a responder que de alguna manera la pregunta por el sentido puede ser útil para la vida, que me puede abrir los ojos, hacerme caer en cuenta de mi auto-realización, pero volvería a moverme en los esquemas de finalidad (es útil-para), sin tener en realidad ninguna respuesta. La contraria da el mismo resultado: por qué voy a comerme la cabeza con preguntas que no llevan a ningún sitio (no es útil-para). Mejor no preguntarse nada, diría en este caso, y disfruto de la vida (afirmando sin saberlo que la vida tiene la finalidad de ser disfrutada).