Categoría: Literatura


La calma de la tierra es un simple momento. Nada es para siempre y no tenemos ni idea de la magnitud de la catástrofe que está latente bajo nuestros pies… o puede que nada pase…, que todo siga igual… Aunque nunca ha sido así en la historia de la tierra que da muestra de extinciones a nivel global y peor aún, el inevitable futuro final de nuestro sol, aunque, ¡¡qué lejos está todo eso!! ¡¡Y qué!, diría siempre alguien.

Mientras tanto, aquí estamos nosotros, deambulando entre los más grande y lo más pequeño. Nos aferramos a lo conocido, a lo domesticado, a lo vulgar y superficial; como lo es, en el fondo, todo negro sobre blanco, toda obra de arte y toda estrella ardiendo en el espacio. No perdemos nada, porque no hay nada que ganar. Las metas son hormigueros en el desierto. Los preocupaciones son alfileres en el agua. Los hijos son migas de pan al viento (ilusos somos si creemos poder luego seguir el camino trazado). Un día todo será borrado.

Dejadme que os cite un texto de Nietzsche que expresa esto mismo y que a mí me pareció, la primera vez que lo leí, simplemente brutal y exacto: “En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto.” (comienzo de Sobre verdad y mentira en sentido extramoral).

No obstante, no podemos, como Nietzsche, salirnos de nosotros mismos y observar la historia de la humanidad más allá del tiempo. La luna tiene otra cara y en ella se nos muestra la maravilla de la vida, la grandeza del amor, la intensidad de una mirada, la caricia de un dedo, la sonrisa de un amigo, la fuerza de la música, de los pensamientos, de las ficciones,… ¿Cómo separar y abstraerse de está duplicidad? Nuestra valoración está en juego, porque soy yo el que pongo el acento en lo que quiero. ¿Es más verdad el que yo defienda la parte escéptica de la existencia? ¿O puedo, con la misma intensidad, afirmar lo que antes caracterizaba como “vulgar y superficial”?

Sras. y Sres., yo elijo lo vulgar y lo superficial, el sentirme emocionado, el asombrarme ante todo hecho. Quiero reírme de la seriedad y os pido que os riais de mí. Porque la risa os hará libres. La vida tiene esa mezcla tan romántica entre la intensidad y la fugacidad… Y dejadme que me ponga algo poético, porque como arena de oro veo la vida caer entre mis manos; tan fina, que no puedo sujetarla, tan preciosa que no sé ni mirarla, porque duele demasiado ver como se escapa.

Me viene ahora a la mente,el final de Alexis Zorba, de Nikos Kazantzakis (qué gran obra). Tras haberlo perdido todo, los protagonistas se ponen a bailar y a reír. ¡Qué final más dionisíaco! Yo mismo me puse a bailar.

Samuel Beckett

Samuel Beckett

A veces, un error, una falsedad, una ficción nos hacen reflexionar sobre cosas verdaderamente profundas. Lo más seguro se trate de eso, un error, pero últimamente me ronda en la cabeza una posible relación entre la muerte de Dios anunciada por Nietzsche y la obra teatral de Samuel Beckett “Esperando a Godot”. Beckett negó que Godot fuera Dios, pero ¿y si Godot fuera no Dios sino la muerte de Dios en un anagrama de Gott-tod (en alemán, Dios-muerte)?
Está claro que la obra teatral “Esperando a Godot” crea un clima nihilista, comparable a otras de sus obras.
Siempre recuerdo la impresión que me llevé la primera vez que conocí la obra de Beckett. Mi madre me invitó a ver “Final de Partida” sin saber realmente de qué iba, ni quién era Samuel Beckett. Alfredo Alcón, uno de los actores argentinos de la compañía que representaba la obra, se hospedaba en el hotel que dirigía mi madre por aquel entonces. Esa fue la razón, casual o no, de que fueramos a ver la obra. Yo tenía unos 20 años y llevaba una vida intelectualoide-bohemia y estudiaba filosofia en la URL. La interpretación de Alcón aquella noche me dejó marcado para siempre y me hizo beckettiano temporalmente.
Siguiendo con el tema principal de Gott-tod, en la obra de “Esperando a Godot” los días (2) se repiten de forma similar, aunque no exacta. El mismo comienzo, la misma estructura, el mismo final que da la sensación de continuidad al infinito.
Ante la muerte de Dios, el hombre no ha aprendido a no esperar. Tiene la tendencia de que al final hay un sentido pero ya no sabe con qué llenarlo. Godot es el vacío dejado por Dios y no Dios, como se suele afirmar. Ante el vacío del sentido como finalidad, la vida es pura repetición, puro ciclo, tan vacía como el final al que esperan; y seguirá siendo así mientras se siga esperando.

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