Ramas y Cielo - fotografía de Daniel Lorenzo Martínez

Imaginemos que no existe el universo; que no existe absolutamente nada. Pero no. Imaginemos que en esta nada hay un pequeño punto, una partícula de cualquier cosa, una casi nada de algo, pero que está ahí. Indiscutiblemente. No existe nada más que esa partícula vagando por ningún sitio, salvo el que ella misma ocupa. Esa pequeña y casi nada concentra toda la exitencia de lo que es y puede ser. ¿Qué hace allí? ¿Por qué existe? Los interrogantes que me surgirían ante esa partícula hipotética son los mismos que me surgen ante el universo. Me da igual lo que opine Stephen Hawking. Estos interrogantes están en el limbo de la religiosidad. Respeto lo religioso por este fondo, pero no lo que se hace en nombre de este misterio. ¡No tiene nada que ver!

Sigo opinando que la imagen que nos llega de la religión católica (hablo de ella por ser la más cercana) es básicamente moralista. Se han apoderado del gobierno de los quehaceres humanos, de lo que se debe y no se debe hacer; son los amos del bien y del mal.

Si yo fuera creente…

mi Dios no sería humano; no tendría compasión, pero tampoco odio; no amaría, pero tampoco castigaría; no me diría, ni a mí ni a mis congéneres, lo que debo hacer. Mi Dios no me daría libertad, ni tampoco me marcaría un destino. Pero si fuera algo, ¿qué sería?

Sería la explicación de esa partícula de la que antes hablaba y de todo lo que existe. Me diría sin decirme que las cosas son por algo. Podría apoyar al fin mi mente cansada, me sostendría cuando mis piernas flaquearan. Sería el Dios que me recordaría sin recordarme lo divino de mi existencia, de la oportunidad única qué es la vida y de lo milagrosa e incomprensible que es.

Este, mi Dios, me dejaría ser; no me pondría límites, no más de los que ya poseo y de los que puedo transgredir. Me explicaría sin explicármelo que mi razón es muy limitada y que no puedo por ello ni entenderle a Él ni entender el mundo; en realidad me indicaría sin indicármelo que mi comprensión es solamente humana y que no puedo ir ni mucho ni poco más allá. Me hablaría sin hablarme sobre mis creencias y como éstas surgen de su propia limitación y como necesidad de sostén ante una vida difícil o incomprensible. Ese Dios, mi Dios, me diría sin decirlo que Él es el ser y la nada, que está y no está; que lo tengo a mi disposición, pero que si no lo necesito, que no me preocupe porque ni siquiera Él es consciente de mí, ya que la consciencia es humana y mi Dios no.

Un Dios, pues, inconsciente, irracional, sin sentimientos, sin libertad, sin…, en definitiva: sin nada humano. Es por ello que mi Dios no tiene necesidad de nada, no necesita pues que yo crea en Él. Ese es pues mi Dios, el Dios en el que no creo.