Un consejo muy utilizado, y que siempre queda muy bien, es “sé tú mismo”. ¿Pero qué quiere decir esto? A mí me deja perplejo, porque se supone que ya hay un “yo mismo”, un yo real, oculto bajo mi actuar cotidiano que sería mi “yo” ficticio, mi “yo” falso. Tras una educación de años, tras imposiciones morales, tras una configuración genética predeterminada, “arrojados” ya a un tipo de sociedad y a un mundo con una edad histórica y una tradición, cultura, lengua, …, en definitiva, determinados desde la más temprana edad por estructuraciones externas y nuestra propia disponibilidad interna, ¿quién es este ”yo mismo”? Si yo hubiera nacido en otro espacio-tiempo, ¿quién sería ese “yo mismo”? Nos creemos a veces tan genuinos, tan nuevos, creemos que somos únicos en nuestros modos y formas, pero ha habido tantos millones de existencias tan parecidas a la nuestra que haría que nuestro “yo mismo” se pusiera a temblar. Quizás no estaríamos tan alejados de esa experiencia de las religiones en las que el ego se diluye en el todo. Nuestra tradición egoista cristiana hace de la indestructibilidad del cuerpo-alma, o, mejor dicho, de su resurrección, nuestro modo de vida individualista occidental (aunque no seamos cristianos). No hay un yo mismo. Es una falsedad como es la falsedad de muchas de nuestras sensaciones. Lo falso es muy real. La mentira existe ya en nuestra forma biológica. ¿Qué es el amor, sino una gran mentira de nuestro cuerpo para la perpetuación de la especie? Lo demás es glorificación de esta mentira vital. El ser yo mismo es la afinidad de un interior con un exterior, cuando uno hace lo que le llena y le consuela, cuando uno encuentra sentido en lo que hace, etc.; pero, en realidad, “eso” no es el yo: es algo mucho más profundo y que está más allá de todo el lenguaje. El “yo” real es mucho mayor que este estúpido ser yo mismo. El “yo” real está mucho más allá de nuestra comprensión, porque nuestra inteligencia surge de este yo profundo que no sabemos qué es. Ese yo profundo tiene muchos nombres: Atman-Brahma, Ser, Dios, Voluntad de poder, Nada,… Todo lo que surge de ahí, de esa verdad profunda sin nombre, se convierte en mentira sólo por ser dicha. Todos los estilos de vidas que surgen de este seguimiento a esta profundidad son mentiras sobre mentiras. Son interpretaciones que quieren dominar a los demás.
¿Quién es este ser yo mismo? La mentira de mí mismo que más me gusta.
No intento ni es mi intención decir qué es mejor y qué es peor. No soy quien para juzgar el valor de la mentira…

Me he permitido adjuntar un escrito mío, de los tiempos en que yo también buscaba el significado de “Sé tú mismo”, que algunos amigos, siempre bien intencionados, me dirigian.
EL DELFÍN
He tardado casi toda una vida en comprender como, un ser humano, puede parecerse a un humilde pez. Si un delfín toma un rumbo equivocado y nada en aguas poco profundas, puede quedar a merced del oleaje. El agua, le arrastrará hacia la arena de la playa. Queda allí, varado, pierde el océano, el mar, que es su medio natural de vida: !Aquel mar bendito donde se podía mover libremente!
Al verse allí, su reacción, es revolcarse sobre si mismo, intentando cambiar la situación. Al no lograrlo, cansado; se abandona a su suerte. Apenas se mueve sobre la arena, dentro de aquella pequeña cavidad en la que cree ha tenido la suerte de varar; hay algo de agua en ella, vive, respira, subsiste. Puede incluso olvidar que era un pez y que hubo un tiempo que nadaba, incluso contra corriente, saltaba alrededor de los barcos y que conocía la felicidad de ser lo que era. – El mar, que no cesa en su vaivén, consigue renovar el agua de la pequeña charca, su pequeño habitat -.
El pez, va perdiendo el brillo de sus ojos, sus escamas dejan de brillar, languidece. Respira con dificultad. El vientre se le abulta. Al pobre, se le hiere la piel por los continuos roces de su cuerpo con la arena, por eso, aprende a no moverse, se aferra a la vida conocida: Si me muevo, puedo morir – piensa -.
Si un día alguien llegara hasta él e intentara ayudarlo internándolo en el mar abierto, el delfín, con espanto, regresaría una y otra vez a la arena de la playa, a su pequeño espacio. Lo he podido comprobar con mis propios ojos. En realidad, aquel maravilloso y enorme ser, no sabe ya quien es, ni adonde se dirige.
¡Ay delfín! No te importe que los hombres te persigan con sus redes; no te importe que en el mar haya exceso de ruido, de suciedad, de desechos; el mar, es el único lugar dónde puedes vivir ¡Dios, no te hizo para la tierra! Si acaso fueras un pequeño pececito de colores, podrías subsistir dentro una pecera, en una vida que no sería vida pero, ¡tú no!, si te abandonas, si no luchas, morirás.
¡Ve adentro! , ¡no regreses! ¡No vuelvas!
¡Válete! ¡Sé tú mismo!
(Miro hacia atrás y no me reconozco).
Agosto 1996