El objeto de la filosofía es lo obvio desnudado de su obviedad. Cuando esto sucede, el objeto se vuelve oscuro hasta desaparecer por completo. ¿Y si es cierto que las explicaciones del mundo son invenciones que no tienen nada que ver con la realidad? Me pregunto cómo algo tan cercano, tan obvio, se vuelve de pronto tan lejano y tan extraño. Qué extrañas sensaciones dan y, al mismo tiempo, que atractivas son las incertidumbres. Vivir en la incertidumbre, en la pregunta eterna, es  mi destino, aunque, como poseído por un extraño instinto de conservación, me resisto al silencio respetuoso del ignorante que ha comprendido y asumido su límite. ¿Cómo un alma que vive en la incertidumbre como la mía se puede acotar en la rotundidad de la afirmación académica? ¿Cómo el parloteo que se sabe ruido puede pretender decir algo? Lo obvio es inquietante cuando juega a enseñar su cuerpo tan magistralmente encubierto. Como una mosca que choca contra un cristal repetidas veces, continúo en el intento de decir algo y de comprender algo, olvidando cada vez que golpeo contra el cristal que no hay nada más allá. Puede que acabe engordando, con la pretensión de convertirme en un moscardón mayor que parezca dominar el vuelo, pero el cristal intraspasable seguirá ahí, sin haberse movido ni un milímetro de su sitio, parando mis golpes, uno tras otro.